lunes, 17 de abril de 2017

Navarra, la Ikurriña y el silencio

Proclamación del primer rey de Navarra. Joaquín Espalder. Palacio de Navarra

Leí con cierta perplejidad la noticia de la derogación de la Ley de Símbolos del Parlamento navarro, que abría la puerta para que la ikurriña pudiera ondear en las instituciones públicas de Navarra. Pero aún me sorprende más, pasados ya unos días, la escasa respuesta que esta maniobra ha tenido en los medios políticos, sociales o culturales. Aunque no debería extrañarnos ese silencio en una sociedad cuya realidad social está en gran medida fundamentada en ese vacío como el mejor medio de mantener las apariencias de convivencia. Y eso —visto desde Andalucía donde el único grito es el quejío, no deja de ser triste, porque el silencio suele ser la expresión del miedo y cómplice de estructuras autoritarias, como las dictaduras, donde la libertad brilla por su ausencia. Nuestra historia reciente nos habla con suficiente elocuencia en este sentido, pues no tenemos más que asomarnos a los quince primeros años que siguieron al final de la guerra civil y comprenderemos que fue el silencio —ante la represión, fusilamientos, depuraciones…—, quien ayudó a consolidar y fortalecer el régimen.
Cualquiera que visite esa bella tierra percibe el rumor de ese silencio; ese mirar para otro lado, ese no querer saber nada. Fui testigo en San Sebastián, ya acabando la década de los 90, de cómo se iban apagando las luces de las ventanas a medida que unos jóvenes gamberros —no encuentro mística alguna en esos hechos— atropellaban con unos contenedores de basura todo lo que encontraban a su paso: nadie quiere ver nada; es la patria callada que rezuma en las páginas de Aramburu y que llevan impresa y silente incluso los vascos que viven en el sur.

El príncipe de Viana. José Moreno Carbonero. Museo del Prado
Somos conscientes de las dificultades que para la convivencia histórica ha representado y representa la articulación de la realidad social en las formas políticas, dada la complejidad de factores que influyen en esta delicada construcción. No son suficientes los decretos o las leyes para crear un verdadero Estado de las Autonomías pues las unidades sociales, como escribiera Julián Marías, se han ido formando a lo largo de mucho tiempo, mediante la convergencia de distintos factores, como el geográfico, étnico, lingüístico, religiosos, económicos o culturales, cuya complejidad nos parecen a veces irracionales. Pero ahora, con la ikurriña inventada por Sabino Arana enseñoreando la milenaria Navarra, se está adulterando la configuración de esas realidades sociales y políticas, atropellando la razón histórica. Porque si hemos de buscar  alguna preeminencia, esta sería la de Navarra sobre las provincias vascongadas; aunque prefiero la tesis histórica de dos pueblos diferentes con un origen común en Navarra y Aragón. Como escribiera Claudio Sánchez Albornoz, «no sólo es lícito sino obligado establecer en las sierras de Urbasa, Andía y Aralar la frontera perdurable que ha separado dos comunidades históricas dispares: la Euzcadi de hoy de la Navarra milenaria. Los navarros o eran iberos puros o hermanos de los puros iberos o estaban profundamente iberizados; y los habitantes de la depresión vasca si no eran Cántabros estaban muy emparentados con ellos». Desde el punto de vista histórico no tiene ningún sentido esta vuelta a los falsos mitos, como bien queda asentado en las numerosas aportaciones de Sánchez Albornoz sobre Vasconia y Navarra, recopiladas en Vascos y navarros en su primera historia (Madrid, 1974) y Orígenes del Reino de Pamplona, Su vinculación con el Valle del Ebro (Pamplona, 1981), cuyos argumentos fueron sintetizados y divulgados en el libro Orígenes y destino de Navarra. Trayectoria histórica de Vasconia (Barcelona, 1984).

jueves, 6 de abril de 2017

Intrigas en la corte castellana


Alfonso Castilla: «Estamos ante la trepidante historia de un hombre singular, culto y apasionado, enfebrecido por la ambición de poder»

Durante la reciente celebración de la Feria del Libro en Córdoba tuvo lugar la presentación del libro «La Salamandra púrpura», de Luis Enrique Sánchez, publicada por la editorial Utopía Libros. En el acto, celebrado en el salón del Centro Cultural San Hipólito, intervinieron el editor, Ricardo González, Salvador Blanco, vicepresidente de la Diputación Provincial, el autor y Alfonso Castilla, presidente de Andalucía Económica, quien presentó la obra y cuyo texto reproducimos a continuación:


… Hace tres años que soy lector de las publicaciones de UTOPÍA y tengo que felicitar a Ricardo González Mestre por el entusiasmo, el tesón, y el cariño que con muchas dificultades está cubriendo un espacio editorial que Córdoba necesita. Gracias Ricardo. 
De Luis Enrique sabía de su profesionalidad y de su especial habilidad en el ámbito de la comunicación institucional y empresarial, donde la palabra es instrumento determinante para crear una imagen social positiva y atractiva de la empresa o institución a la que se representa. Conocía, además, su trayectoria académica en el ámbito de la investigación archivística, pero confieso que me sorprendió la calidad de su dimensión literaria cuando se atrevió a darla a conocer en El Tesorero de la Catedral. Una calidad, evidente en la riqueza de vocabulario y sus formas expresivas, que corroboró con Espectros en Trassierra y que llevó al crítico literario Antonio Moreno Ayora a situarlo en el Olimpo de escritores cordobeses contemporáneos. Hoy, nos confirma todo lo que presumíamos con esta nueva entrega, la Salamandra púrpura: una obra definitiva, de plena madurez, en la que solventa con naturalidad y brillantez las dificultades que siempre entraña abordar la construcción de una novela en torno a la biografía de un personaje tan complejo, en una época tan turbulenta como el siglo XV.

Perspectiva del salón de actos
             Luis Enrique se ha caracterizado por desplegar su literatura, sus obras de ficción, teniendo siempre a la historia como fuente de inspiración, con lo que aúna —y esto se lo he oído decir en alguna ocasión— dos de sus facetas vocacionales como son la investigación histórica y la creatividad literaria. De este modo dota a la historia de un componente didáctico y atractivo, pues no en vano la belleza es el resultado del arte literario. Porque en la obra de Luis Enrique podemos observar ese afán por la búsqueda de la emoción en cada párrafo, en cada página, hasta hacernos comprender lo acertado de Dostoievsky cuando, en Los hermanos Karamazov, decía que «la belleza es el campo de batalla donde Dios y el diablo se disputan el corazón del hombre».

Pero sus obras no utilizan la historia únicamente como telón de fondo, como si fuera un paisaje sobre el que discurren los personajes, sino que le imprime la impronta personal de la investigación, de la exhaustiva documentación sobre personajes y lugares, que visita y recorre personalmente, consiguiendo una riqueza visual y tal cúmulo de detalles que nos introduce de lleno en aquel tiempo, en aquellos lugares donde tiene lugar la peripecia vital de su protagonista, Alonso de Fonseca. De este modo, la lectura de La Salamandra, irremediablemente, nos hace vivir desde dentro los avatares de aquella corte convulsa e intrigante. Porque la novela nos cautiva, nos conquista con su deleite verbal hasta hacernos creer que esa historia no es de papel, sino que es la realidad y que estamos viviéndola a la vez que sus personajes.

Intervención de Alfonso Castilla
             Contribuye notablemente a su ambientación el uso del lenguaje de la época, con el que el autor está familiarizado tras años de lectura de los textos originales en archivos catedralicios. Y este arcaísmo en el léxico, que en principio podría parecer como una dificultad para el lector, se convierte en sus manos en un elemento enriquecedor, nada vanidoso, que autentifica, además, a esta novela como testimonio elocuente de aquella realidad histórica, el siglo XV y más concretamente el reinado de Enrique IV, caracterizada por la corrupción y la rapacidad de la nobleza, insaciable siempre a la hora de acaparar rentas, mercedes y señoríos.

viernes, 31 de marzo de 2017

Editada «La Salamandra púrpura». Novela las venturas y desventuras de Alonso de Fonseca en la corte castellana del siglo XV



Génesis de la novela. La fascinación del encuentro.
Decía Borges que, “en la poesía, el punto de partida tiene que ser la emoción.” Y a mí me sucedió algo parecido en esta novela, al ser de alguna manera víctima de ese “resplandor intuitivo”, que dijera Maritain, cuando conocí al personaje principal. Fue hace ya un tiempo, colaborando en la redacción de la Gran Enciclopedia de Andalucía, cuando tuve mi primer encuentro con Alonso de Fonseca, descubriendo en él a una personalidad extraordinaria, original, fuera de lo común, y uno de los hombres más determinantes de Castilla en los reinados de Juan II y, especialmente, de Enrique IV.
            Sin embargo, y a pesar de ello, me sorprendió el escaso conocimiento que existe sobre este personaje que ha pasado a la historia únicamente por ser el causante del dicho popular «el que se va de Sevilla, pierde su silla». Y ni siquiera por eso, pues pocos son los que saben el origen del refrán. A nivel bibliográfico, únicamente el profesor Franco Silva le dedicó un artículo a raíz del hallazgo de su testamento en el archivo de la Casa Ducal de Alburquerque. Unas pocas páginas tan solo para la importancia de un hombre que —entre otras muchas de sus andanzas— tuvo la osadía de fundar una dinastía de arzobispos y que, en el colmo de la audacia, se permitió el lujo de cambiar episcopados como si fueran cromos.

       

    
Esta es la secuencia del primer episodio que conocí de él: el arzobispo de Santiago de Compostela muere envenenado. Fonseca consigue, en un alarde de influencia, que su joven sobrino de 20 años y de su mismo nombre, sea nombrado para ocupar la silla vacante. Este no puede tomar posesión, ni siquiera entrar en Santiago, porque la oligarquía nobiliaria local había nombrado por su cuenta a un Trastámara.  Entonces, nuestro protagonista cambia las sedes con su sobrino para poder así conquistar Santiago de Compostela. Levanta un poderoso ejército, pone sitio a la que era ciudad santa para la cristiandad, ataca y bombardea con lombardas sus murallas durante meses y la rinde después de incendiarla. Toma posesión entre lanzas ensangrentadas, pacifica con la espada la levantisca Tierra de Santiago —pues el arzobispo era también allí señor feudal— y, tras unos años, le ordena a su sobrino que le devuelva la sede de Sevilla y tome posesión de la sede gallega. Pero este le dice que no, que Sevilla es una maravilla —esto es mío— y no se mueve de ahí, por lo que nuestro personaje tiene que recurrir de nuevo a las armas para hacer entrar en razones a su joven e incauto sobrino.
            No pude resistirme a la curiosidad de intentar descubrir cómo era ese hombre; qué había detrás de toda esa exhibición de fuerza y poder. Y esa curiosidad se transformó en fascinación a medida que iba despejando el enigma de una personalidad insólita en medio de la turbulencia de aquellos tiempos medievales: de atractiva presencia, amante del lujo, de las joyas y la belleza. Bibliófilo y mecenas de humanistas —Nebrija encontró con él su primer empleo—, vestía a la morisca y gustaba de la compañía de alquimistas, hechiceros y adivinos. Curiosidad, sugestión o atracción a primera vista, aunque tal vez cayera en esa enfermedad inconsciente que nos hipnotiza, como es la fascinación del mal, que tanto juego ha dado y da en el arte y en la literatura.
            Sea como fuere, sin duda, esa fascinación actuó como brote creativo original y embrionario para emprender el camino de la creación de esta novela; una fascinación que me ha tenido atrapado durante unos años, y que aún continúa, pues quedan sombras por iluminar y quizás algún día vuelva para intentar alumbrarlas.

Una vida de novela.
Porque, efectivamente, la excéntrica trayectoria vital de Alonso de Fonseca es una auténtica vida de novela. Y no solo es novelesca por la multitud de episodios pintorescos, asombrosos e incluso surrealistas, dignos de enriquecer el contenido de la mejor de las creaciones literarias, sino que el mismo desarrollo, sus mismos ciclos de acontecimientos vitales, se adaptan perfectamente a la estructura narrativa.
Existe un objetivo claro y determinante que será el hilo conductor de toda una vida: la ambición por el poder. Todo, desde su primera juventud como doncel del príncipe Enrique, lo supedita y ordena a favor de ese bien individual y, para él, supremo que es detentar el poder, mantenerlo y acrecentarlo cada día. Todo lo somete a ese objetivo. La dignidad eclesiástica es un medio para llegar al poder; los acuerdos y alianzas con la nobleza están lógicamente determinados por ese objetivo, incluso la mujer, el amor, es utilizado como recurso o, en su defecto, como aditamento y adorno de ese poder. Así, por ejemplo, usa a doña Guiomar de Castro —la bella dama portuguesa— para tener controlado al rey y buena parte de su enfermiza obsesión por la reina Juana se basaba en su pretensión de mostrarla al mundo apoyada en su brazo, como el mayor signo de poder.


Castillo de Coca (Segovia), sede del señorío de Fonseca

Pero ese camino tiene muchos obstáculos, empezando por el propio suelo de arenas movedizas que era la corte castellana del siglo XV, donde un gesto equivocado, una palabra fuera de lugar o un mal cálculo en las previsiones de futuro se pagaba con la propia cabeza. Ya en tiempos de Juan II le vemos en el filo de la navaja como agente doble entre el condestable Álvaro de Luna y el príncipe Enrique, con el riesgo que ello representaba, los Mendozas le disputarán casi todo, empezando por la provisión de la sede sevillana; todos los advenedizos en el entorno del rey desconfiarán de él, celosos de su influencia, hasta que consiguen enemistarlo con el monarca. Este llegó a ordenar que le cortasen la cabeza, teniendo que refugiarse en Béjar, con los Zúñigas, mientras las tropas reales ponían sitio a sus castillos de Coca (Segovia) y de Alaejos (Valladolid). El rey lo denuncia a Roma, acusándole poco menos que de hereje; cuando de nuevo vuelve a la cúspide, la guerra civil le obliga a tirar una moneda al aire con la incertidumbre como futuro, teniendo siempre que enfrentarse a grandes decisiones e incluso a peligros físicos como cuando, con el rey Enrique presente, un grupo de nobles le tienden una emboscada en el alcázar de Segovia con la intención de matarlo.

Mausoleo de Alonso de Fonseca. Iglesia de Sta. María, en Coca (Segovia)
Y como en todo relato clásico, en esa azarosa vida en pos del éxito, existen aliados y antagonistas, personajes que le ayudan a conseguir su meta y otros que lo ponen a prueba. Carrillo y Velasco serían algunos de sus antagonistas y Álvaro de Zúñiga o doña Guiomar, sus fieles aliados. Necesitaría una larga y extensa enumeración, pero no puedo dejar de señalar la singularidad de que los aliados y los antagonistas son, en muchas ocasiones, los mismos. El rey Enrique, por ejemplo, desde que fuera príncipe, fue su principal valedor; sin embargo, ya hemos visto cómo, influenciado por sus enemigos, llega a condenarlo y denunciarlo a Roma. Alonso de Fonseca, a pesar de su afinidad, le devolverá el golpe, animando a los nobles a la rebelión contra el monarca. Y, en ese doble juego tan frecuente en la corte, el rey participará también en la emboscada del alcázar, pero lo salva a última hora, delatando las intenciones de los nobles que lo asistían y abriéndole la puerta al pasadizo que da acceso al fondo del barranco, en el río, por donde pudo escapar Fonseca.
Otra de las personas que le acompañan en esta vertiginosa carrera vital de ambición será Juan Pacheco, el marqués de Villena que fuera también doncel del príncipe. Estarán unidos en multitud de intrigas y maquinaciones en beneficio de ambos, pero los celos del marqués provocarán que Fonseca perdiese la presidencia del Consejo Real, incitando además al rey a condenarlo a muerte. Si bien, como hiciera el monarca en Segovia, le avisa para que pueda escapar de los soldados que van a detenerle.
Vista del castillo de Coca (Segovia)
La novela además, como su misma vida, está plagada de personajes secundarios que contribuyen u obstaculizan la acción de los personajes principales, contribuyendo cada uno a enriquecer el contenido de nuestro relato. Su hermano Fernando, brazo ejecutor de las estrategias que requerían la intervención armada y que muere defendiendo el pendón de los Fonseca en la batalla de Olmedo. Doña Guiomar de Castro, su confidente y cómplice sexual; la reina Juana, por la que siente una especial devoción, tan conocida en el reino que en los conflictos nobiliarios donde se pacta la entrega de rehenes como garantía, el rey siempre entrega la reina a Fonseca para que sea su custodio. El cronista Palencia, Herrera o su fiel Zenón el adivino —este en la ficción—, serán algunos de esos personajes sin los cuales la novela quedaría desangelada. 

Un título: el animal que mejor define al protagonista.
            Pero es que además, en este proceso de búsqueda documental con la que dar rienda suelta a mi fascinación, me encontré incluso con el título de la novela, pues es el cronista Palencia, antiguo colaborador, dice en más de una ocasión que Fonseca es como la salamandra «es una serpiente que vive en el fuego; dízese salamandra porque prevaleçe contra los fuegos, y sy sube en algund árbol empozoña todo el fructo», según cito en el frontispicio del libro. Y realmente es así, porque Fonseca, como hemos podido ver en algunos ejemplos, sobrevive a todos los peligros y, una vez que sale de ellos, realmente infecta o aniquila a sus enemigos.  Velasco, su sucesor en el Consejo de Castilla e instigador del momentáneo ostracismo de Fonseca, tuvo que pasar la vergüenza de pedirle perdón públicamente, vestido incluso de penitente. Y el rey, derrotado y abandonado en su lucha contra los partidarios de su hermano Alfonso, tuvo que arrastrarse, montando una torpe mula y casi sin escolta, hasta el castillo de Coca para pedirle consejo y apoyo. Por sobrevivir, sobrevivió hasta al escándalo que provocó la huida de la reina de su castillo de Alaejos, embarazada de mellizos —como luego se supo al dar a luz— cuando hacía más de un año que no veía al rey. Durante un tiempo y por toda Castilla, Fonseca fue el «fornicador de la reina», con lo que eso representaba en aquellos tiempos. Pero todas las culpas cayeron en la reina, que fue condenada al destierro, y Fonseca, por despecho hacia ella, exhibió entonces sus cartas secretas para considerar nulo el matrimonio real, con lo que la legitimidad en la sucesión pasaba a la infanta Isabel, en detrimento de la hija de la reina Juana.

Precursor de la ética maquiavélica.
            Porque en todo se conduce sin ningún tipo de limitación moral, siendo el objetivo y la meta que persigue lo único que le importa. Y en este sentido no es descabellado afirmar que Maquiavelo no inventó nada. No elaboró una teoría política original, únicamente estructuró en un tratado, en un manual, lo que ya era una práctica habitual en las cortes hispánicas, no siendo extraño que Maquiavelo pusiera como modelo de “Príncipe” a Fernando de Aragón, al que Fonseca no veía con buenos ojos, sin duda porque eran iguales.
            Fonseca desarrolla una ética propia de lo político que considera permisibles actos de engaño y crueldad, pues para él, el uso del mal no es sólo un hecho, ni sólo una necesidad de lo político, sino que es además recomendable para su buen funcionamiento.

Grabado de Alaejos (Valladolid) donde se aprecia el castillo de Fonseca
            Con estos principios y la superioridad intelectual que detenta por su formación, no sólo alcanza sus objetivos de poder personal, sino que se constituye en personaje imprescindible en casi todos los acontecimientos del reino. A él acuden los nobles tras dar la patada al muñeco que representaba al rey Enrique, en busca de consejo. En su castillo se buscan acuerdos para la paz o para el futuro casamiento de la infanta Isabel. A veces sus propuestas son disparatadas, como la división del reino entre los dos hermanos para solucionar la guerra civil o la opción de Pedro Girón, primero, o la francesa después —personificada en el contrahecho duque de Guyena—, para desposar a Isabel; pero siempre acudían a él, a su ingenio, a su audacia y a su originalidad, exhibida con la frecuencia que utilizaba la fiesta como elemento de superación de los conflictos.  

 No es una biografía al uso, ni una biografía novelada. Es una novela histórica.
            A pesar de lo que pudiera parecer a algunos, no hemos escrito una biografía al uso, ni una biografía novelada. Prefiero definirla como una novela histórica, pues hemos utilizado solo aquellos «Momentos del ser», como diría Virginia Woolf, aquellos hitos, en los cuales las voces del pasado hablan con especial elocuencia.
            Y como siempre hago en mis novelas, lo histórico —en el sentido de lo documentado—, es “verdadero”, “comprobable”, y lo no documentado, está dentro de lo “verosímil”, pues efectivamente pudo haber sido tal y como se cuenta. Es este el espacio para la “imaginación”, para dar voz al silencio, para dar vida a los personajes que se mueven por el escenario, haciéndoles sentir, padecer o emocionarse.
            Si acaso he forzado algo más la verdad histórica ha sido en la estructura, haciendo entrar en el castillo al cronista Palencia, cuando está Fonseca ya enfermo de muerte, para recibir el encargo de asumir el oficio de ser su «dispensator gloriae», su dispensador de gloria. Palencia, en la realidad histórica, ya recibió el encargo de defenderlo en Roma, después incluso de que sus vidas se hubieran separado; pero dudo que este último encargo se produjera en la realidad, aunque también es verosímil en un hombre que había saboreado todas las mieles del poder, aspirar a su propia trascendencia aquí en la tierra, aspirar a la gloria histórica y literaria.

            Pero no crean que mi fascinación por el personaje me ha llevado a colaborar en esa última misión propuesta al cronista —el de ser su dispensador de gloria—, sino que, por el contrario, creo que con mi novela lo he ayudado en su descenso a los infiernos.

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domingo, 5 de marzo de 2017

Juana Pimentel. La condesa que se enfrentó a su tiempo


Juana Pimentel. Retablo de la capilla de Santiago. Toledo
Cuando se acerca la celebración anual del Día Internacional de la Mujer, es frecuente que se nos recuerde la necesidad rescatar del olvido a las mujeres, hacerlas visibles, incorporarlas a la Historia y cambiar los parámetros interpretativos de la Historia tradicional. Pues bien, en esa dinámica, quiero rememorar hoy a una mujer que, quizás empujada por sus circunstancias vitales, luchó contra su tiempo en una época, el siglo XV, en la que la sumisión de la mujer era carta de naturaleza. Se trata de Juana Pimentel, segunda esposa del todopoderoso condestable don Álvaro de Luna, cuya singular biografía deja poco espacio a la creatividad literaria del narrador que pretenda abordarla. En principio, pudiera parecer extraño una personalidad rebelde e incontestable en la esposa del que ha pasado a la historia como un tirano, usurpador no solo de la voluntad del rey sino incluso del patrimonio de la corona de Castilla. No obstante, la convivencia con ese hombre explicaría de alguna manera su conducta pues don Álvaro de Luna, pese a su arrogante imagen externa y su totalitarismo político, tenía una dimensión personal más amplia y rica de lo que normalmente le es reconocida. Paradójicamente, promovió en la corte el culto a un sofisticado lirismo y a las proezas caballerescas, saliendo de su pluma el Libro de las virtuosas e claras mugeres, con el que contribuyó a crear una imagen sólida de la virtud femenina, rompiendo moldes en el debate sobre la naturaleza de la mujer, hasta el punto de ser considerado hoy un hito importante en la historia de literatura proto-feminista.
            Hija del II conde de Benavente, se casó muy joven, con diecisiete años, con el condestable viudo de doña Beatriz de Portocarrero, que ya rondaba los cuarenta. Fue, en principio, un matrimonio de conveniencia pues don Álvaro aprovechó la oportunidad de reforzar la alianza con el también poderoso conde, con el que ya le unía cierta afinidad política. Pero el vínculo fomentado durante los  trece años que estuvieron casados superó la fuerza derivada de una mera transacción, a juzgar por la  energía con la que Juana exhibió su fidelidad a la memoria y al legado de su marido. Porque fue precisamente con la prisión y muerte de don Álvaro cuando emerge su protagonismo personal y político, luchando contra la injusticia, contra reyes y nobles, poniéndose además el mundo por montera, despreciando los usos y costumbres impuestas por la moral social establecida.

Castillo de Escalona

            A principios de abril de 1453 es apresado por orden real el condestable don Álvaro de Luna, confiscándosele además todos sus bienes y dominios, lo que era sin duda parte importante en el objetivo de la operación de derribo del condestable. A mediados de mes, el rey, que ambicionaba apoderarse del fabuloso tesoro que se creía guardado en el castillo de Escalona, pensaba que todos los dominios se le entregarían sin dificultad, pero no contaba con la respuesta de Juana Pimentel que, con su hijo Juan de Luna, recurrieron a las armas y se encastillaron, precisamente, en el inexpugnable castillo de Escalona. El rey manda poner cerco al castillo y conmina a Juana y a su hijo a deponer las armas, rendir el castillo y hacerle el debido «juramento e pleito e homenaje que en esta razón yo tengo ordenado». Pero esta respondió con una carta protestando de la crueldad de la prisión de su marido, reafirmándose en su voluntad de resistir con las armas, llamando en su defensa al papa, a los príncipes cristianos y «hasta a los moros y los diablos, si fuera preciso», lo que provocó la cólera del rey. «Vi un escripto lleno de toda blasfemia e deslealtad e non menos deshonestidad e orgullo e loca sobervia …,  firmado de vuestros nombres, sellado con vuestros sellos …», le replicó Juan II con fecha de 22 de mayo, calificando además el contenido de la reacción de doña Juana «como imprudente e desvergonzada e perversa e desonesta e deslealmente, e contra toda verdad en vuestro escripto se contiene…»,  refiriendo en otro lugar «la malvada e facinerosa  e esecrable e deslealtad e traición heréticamente conminada por vuestro escripto…». El 3 de junio sería ejecutado don Álvaro de Luna y el mismo rey, en otra carta fechada el 18 de junio en el real de Escalona, es decir en el sitio y asedio de la fortaleza, da cuenta de la resistencia de Juana Pimentel y su hijo, que siguen «alzados e rebellados en mi deservicio en la villa de Escalona e han fecho e fasen della guerra  e otros males e daños… aun lanzando piedras con bombardas e saetas con yerva e con culebrinas,  e serpentinas contra mi persona real e contra los que conmigo están…».

lunes, 9 de enero de 2017

Fiestas y Calendario Laboral. Guardar las fiestas en la Córdoba renacentista

 Fiesta de campesinos ( 1550, Kunsthistorisches Museum, Viena)
La publicación del calendario laboral de 2017 ha coincidido en el tiempo con la celebración de las fiestas navideñas donde, como viene siendo ya habitual, se reavivan hasta la enervación los «postureos» laicistas, encontrándonos situaciones tan ridículas como la pretensión de sustituir la Navidad por las Fiestas del Solsticio de Invierno, proclamada por la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena. Sin embargo, llama la atención que en ese contexto haya pasado desapercibido el hecho de que, en dicho calendario, la mayoría de fiestas tengan un marcado enunciado religioso. Como puede verse en el portal del Ministerio de Empleo y Seguridad Social, empezando por la Epifanía del Señor (6 de enero) y acabando con la Navidad (25 de diciembre), aún existe un absoluto predominio de fiestas religiosas, aunque hayan perdido en su celebración esa misma dimensión. 
Y es natural, porque forma parte de una cultura aceptada mayoritariamente, que infunde igualmente en la modulación del mundo laboral y que ha sido respetada incluso por el capitalismo más descarnado. Entre otras cosas, como advierte José Manuel Naredo, porque el capitalismo naciente vio con buenos ojos las alabanzas a la vida "ordenada" por el trabajo y la reglamentación monástica. El toque de las campanas en iglesias y monasterios pronto se vería imitado por la sirena de las fábricas para que, por primera vez en la Historia, los hombres se levantaran al unísono, como dirigidos por un jefe invisible, para someterse a través del reloj al ritmo prefijado del proceso económico.
Indudablemente, esta influencia queda actualmente limitada a marcar en el calendario los días elegidos para el ocio del trabajador, sin más incidencia en la organización del trabajo o el descanso. Es una reminiscencia de aquella antigua sociedad, especialmente en la época medieval y renacentista, tremendamente  sacralizada, en la que toda su actividad e instituciones estaban mediatizadas por la religión. Como sabemos, la Iglesia tenía jurisdicción propia, poseía inmensas propiedades rústicas y urbanas, cobraba impuestos mediante los llamados diezmos eclesiásticos, la asistencia social de hospitales, asilos, etc., estaba en sus manos, era una potencia económica que incluso financiaba a la corona en sus empresas y campañas bélicas, y regulaba todos los comportamientos sociales y culturales. Pero sorprende siempre profundizar en algunos temas, como por ejemplo el tema laboral que nos ocupa, y observar que su presencia y determinismo era abrumador. 

Con esta intención nos hemos detenido en la lectura de las Constituciones Sinodales del Obispado de Córdoba, hechas por el obispo don Alonso de Manrique y publicadas en Sevilla en 1520, que constituye el documento probatorio y fehaciente de la directa intervención de la Iglesia de Córdoba en la reglamentación laboral, pues el “modo” de guardar esas fiestas, tal y como lo establecía la Iglesia en tiempos pretéritos, entra de lleno en el campo laboral aunque su finalidad esencial sea salvaguardar un precepto doctrinal. Las Constituciones Sinodales eran códigos doctrinales que los obispos compilaban y publicaban periódicamente para orientar a los fieles y ministros en la práctica y principios de la doctrina cristiana y marcaban las pautas de gobierno de su diócesis. Así, junto a la definición y explicación de preceptos y principios de fe, impartía normas explícitas sobre el modo de enseñar catequesis, la formación del clero, la conducta de los ministros, normas de recaudación de diezmos, penas espirituales y temporales en los casos de infracción o quebrantamiento de los mandamientos de la Iglesia, etc. A nosotros, desde el punto de vista de la ordenación laboral, nos ha interesado el capítulo once titulado “de la amonestación que los rectores han de hacer a sus feligreses que guarden las fiestas, y cómo y cuáles se han de guardar, con el arancel de las penas”.
Tras la exposición de motivos y fundamentos, el documento establece expresamente las fiestas que hay que “guardar”, dando, así, una relación por meses de las mismas; o lo que es lo mismo, un calendario en toda regla. El total de fiestas de guardar instituidas en el Obispado de Córdoba para ese año de 1520 suman 42 días que, unidos a los 52 domingos, totalizan 94 días no laborables al año; es decir, prácticamente el 26% del año. Esto, en sí mismo, ya indica, además de la intensa sacralización de la sociedad renacentista, una clara y manifiesta injerencia en el mundo laboral y en todos los órdenes de la actividad económica. No obstante, en términos cuantitativos no podemos compararlo con la época actual, donde el tiempo de ocio es mucho mayor teniendo en cuenta además los sábados, las vacaciones y puentes festivos, con independencia de que no nos sirve como medidor la actual dicotomía ocio-trabajo, dada la evolución histórica del significado del trabajo y su tardía razón productiva. Sí nos interesa más su dimensión cualitativa, explícita en la tercera parte del documento donde desarrolla toda la normativa para el cumplimiento de ese calendario.