martes, 13 de diciembre de 2016

Los favoritos. La perversa herencia del nepotismo y el clientelismo político


No cabe duda de que la desafección es uno de los términos más utilizados últimamente a la hora de tomar la temperatura al estado de la política española. Analistas, tertulianos y los propios profesionales de la cosa pública la consideran el principal problema político, aunque con frecuencia difieran en sus causas e incluso en el mismo concepto de desafección. Hay, no obstante, un común denominador a la hora de intentar comprender ese desapego o alejamiento de los ciudadanos con respecto al sistema político que está vinculado, lógicamente, con la pésima actuación en todos los órdenes de los principales partidos durante la crisis económica. Sin embargo, se profundiza poco en las causas intrínsecas de esa ineficacia y que, indudablemente, están íntimamente relacionadas con la mediocridad del paisaje político, consecuencia a su vez de la peculiar y, al parecer, secular constitución de los partidos políticos que tienen en el nepotismo y el clientelismo su principal esencia. Hoy, el mérito y la preparación son incluso peligrosos para participar en política y así se explica la total descapitalización humana de los grandes partidos, amenazando igualmente el futuro de los llamados partidos emergentes. Porque si subleva conocer la tupida tela de araña clientelar de los nombramientos de altos cargos del último gobierno, no hay expresión suficiente para responder, por ejemplo, a la larga y descarada lista de amigos y familiares en cargos del Ayuntamiento de Madrid.
            Con independencia de las negativas repercusiones en el servicio público —dada la incompetencia y falta de idoneidad de los gestores—, esto es uno de los mayores signos de corrupción de nuestro tiempo pues representa un comportamiento insoportable en sociedades supuestamente democráticas. El clientelismo y el favoritismo, más el nepotismo como una de sus variantes, transgrede los principios básicos de moralidad pública, dejando en papel mojado uno de los pilares de la democracia como es la igualdad. Con razón decía Ángel Ganivet, precursor de la Generación del 98, con su clarividente ironía que los españoles «no podemos ser demócratas, porque queremos demasiado a nuestra familia». Evidentemente, esto no es nuevo en nuestra historia. Es una perversa herencia que nos sitúa en tiempos del Antiguo Régimen o en los más oscuros de la mismísima Edad Media, donde los favoritos y privados eran auténticos protagonistas de la vida pública.
            En esta última época es bien conocido el caso de Álvaro de Luna, valido de Juan II y auténtico rey de Castilla hasta que perdió el favor del soberano. Pero el esperpento llegaría en el reinado de Enrique IV donde la privanza, en la que el rey depositaba afecto y confianza, estaba ligada al atractivo físico y al arrojo y destreza hípica. Poco importaba la formación o la nobleza —que era un rango importante en aquella época—; bastaba la habilidad para llegar a la cercanía del rey y caerle bien. A este reinado pertenecen las luchas entre los favoritos —pues éste quiere ser siempre exclusivo y excluyente— Juan Pacheco, Beltrán de las Cuevas y Miguel Lucas de Iranzo por conseguir las mayores prebendas del reino, dejando páginas inimaginables de nuestra historia que bien podrían servir hoy de guía a Santamaría y Cospedal. Pero, sin duda, el caso más hilarante es el de Juan de Valenzuela, histriónico, bello y desvergonzado, que consigue el favor de Enrique IV merced a su osadía —fueron célebres sus escándalos de travestismo teniendo ya un alto rango— y agraciada figura. De origen humilde —su padre era calderero en Córdoba y su madre recogía leña—, llega a la corte como criado del maestre de Calatrava, divierte a Enrique IV y este le hace nada menos que prior de la orden de San Juan de Jerusalén. Pero antes, el rey tuvo que cometer el latrocinio de obligar a renunciar a su titular, Juan de Somoza.
            Por su singularidad, así como la participación en este episodio de Alonso de Fonseca, dejo aquí novelado este episodio:

jueves, 10 de noviembre de 2016

La Generación de la Libertad






A raíz de las últimas movilizaciones estudiantiles, como las protestas por la reválida o alguna expresión juvenil de signo político, he desempolvado el artículo que escribiera Luis de Zulueta en el diario El Sol, el 20 de enero de 1931, con el sugerente título de “La generación de la dictadura”. Indudablemente, resulta complicado interpretar la realidad de nuestra juventud desde una perspectiva histórica, pues las estructuras sociales de cada coyuntura histórica condicionan de manera determinante la especificidad de ese grupo social. Sin embargo, como nos ha dicho la británica Mary Beard, flamante premio Princesa de Asturias, debemos ser capaces de “pensar de forma histórica” para no ser “ciudadanos empobrecidos”. Porque el diálogo entre el pasado y el presente —continuando con la historiadora británica—  desafía “ nuestras certidumbres culturales” y puede abrir nuestros ojos a distintas perspectivas. De ahí que sea en estos momentos sumamente interesante la lectura comparada del mencionado artículo del profesor y político reformista que, como pedagogo innovador, conocía bien la idiosincracia juvenil de su época.
Luis de Zulueta comienza haciendo referencia a la generación de jóvenes europeos, desangrados tras la Gran Guerra del 14 y desmoralizados tras la paz, que protagonizaron la primera gran oleada de movilización juvenil que se produjo en Europa. Como escribió Sandra Souto, las vidas de muchos europeos quedaron inevitablemente unidas por los problemas que surgieron como consecuencia de la Primera Guerra Mundial y que tuvieron un especial impacto en los jóvenes. Las familias se desintegraron, niños y jóvenes se vieron abocados a hacerse autónomos antes de tiempo y, tras la devastación, muchos grupos políticos vieron en la juventud la fuerza dirigente de un futuro renacimiento. Pero además, la guerra —que se había vendido como una gran cruzada por la civilización, Dios y la patria, y que acabó convirtiéndose en el mayor ejemplo conocido hasta entonces de barbarie— llevó a muchos jóvenes a buscar nuevos caminos y soluciones, abandonando los valores sociales tradicionales mantenidos por los adultos. “Esta generación —dirá Luis de Zulueta—, horrorizada, decepcionada, asqueada, ha dejado de creer en sus padres y no sabe todavía lo qué va a legar a sus hijos”. La consecuencia fue una politización cada vez mayor de los jóvenes, un crecimiento de las organizaciones juveniles, siendo protagonistas de la conflictividad social y política del periodo y del desarrollo de nuevos movimientos, como el comunismo, el fascismo o el nazismo.

En España, en esos momentos, no existe una generación de la guerra, al no ser país beligerante, pero nuestro profesor alerta de la peculiaridad de una “generación pareja” a la europea, que no ha conocido otra cosa que la Dictadura y reacciona ante sus mayores con una dureza mucho mayor de lo que sería lógico en el antagonismo generacional. “Un régimen de libertad es para esta nueva generación —dice nuestro articulista— algo que solo tiene existencia en las noticias de países extraños, en las páginas de los libros o en los recuerdos de las personas maduras… Esos hijos nuestros, en sus floridos veinte años, no conocieron jamás la libertad… No han conocido la prensa libre, ni han participado en unas elecciones, ni han conocido un parlamento”. No es necesario mucho esfuerzo para apreciar la diferencia entre aquel pasado y nuestro presente; pero ese es el gran desafío que entraña este aserto histórico de nuestra hemeroteca, abriendo una llaga en nuestra “certidumbre cultural”, porque nuestros jóvenes no tienen conciencia de lo que significa haber nacido y vivido siempre en un régimen de libertad. Y como no conocen lo que representa carecer de libertad, no la valoran; ignoran que esa libertad no ha surgido de manera espontánea, ni ha sido impuesta, sino que ha necesitado ser conquistada. En esta época nuestra, afortunadamente, la libertad suele darse por supuesta. Y esta circunstancia nos puede conducir, especialmente a los jóvenes, a una cierta ligereza en la apreciación de la realidad actual y a la falta de valoración sobre las consecuencias de la misma, sin acordarnos que ese bien supremo del que gozamos está cimentado sobre la vida y la misma sangre de muchos hombres y mujeres que nos precedieron en nuestro devenir histórico. Hoy, por ejemplo, nadie pone en duda que la libertad de prensa “es una piedra angular de los derechos humanos y una garantía de las demás libertades”, como proclamaban las Naciones Unidas en 1999, y lo mismo podríamos hablar de la libertad de pensamiento. Pero los que éramos jóvenes durante el régimen de Franco, aunque fuera en sus años finales, sabemos que son derechos conquistados, arrebatados y, por consiguiente, dado su valor intrínseco, necesitados de seguir defendiendo y protegiendo en favor de nuestra convivencia y armonía social.

jueves, 6 de octubre de 2016

El vacío ideológico

Mitin de Antonio Maura. Plaza de Toros de Madrid, 1917. Archivo de la Imagen Castilla-La Mancha


Me ha pasado en más de una ocasión: cuando un tema transita bullicioso por mi cabeza, al pasar la mirada por los anaqueles de mi biblioteca, misteriosamente, algún libro parece agitarse como llamándome la atención. Fue así como hace unos días hojeé de nuevo El crepúsculo de las ideologías, de Gonzalo Fernández de la Mora, libro polémico e incluso denostado en la politizada universidad española de los años 70, cuando con mayor énfasis el pensamiento marxista se acomodó en el ideario cultural español, como recientemente ha demostrado el profesor Cuenca Toribio. El tiempo, no obstante, y las sucesivas ediciones —cinco, desde 1965 hasta 1986— lo han convertido en un clásico, aún de actualidad en sus diagnósticos, discutible sin embargo en sus recetas excesivamente tecnócratas. Pero sin duda, su lectura me ha estimulado al observar la realidad política actual, confusa y embarrancada, donde la pobreza ideológica campa a sus anchas tanto a la izquierda como a la derecha, a uno u otro lado. Y esta situación, además de convertir el panorama político en un peligroso avispero, es el caldo de cultivo ideal para los mesiánicos y oportunistas populismos.

Porque en la bronca política actual —no seré yo quien le llame debate y, menos aún, dialéctica— no hemos oído nada que fundamente las posiciones de unos y otros, más allá de los intereses y cálculos estratégicos para alcanzar el poder. Ni siquiera en aquellos llamados partidos o formaciones emergentes podemos aventurar la mínima solidez de principios, pues los cambian con la facilidad que hoy cambiamos de canal, según azote el viento. Y, cuando se abandona ese tacticismo, las manifestaciones de carácter político están presididas por los sentimientos o las emociones, que es la parte del ser humano opuesta a la inteligencia o la razón. No existe la más mínima postulación de modos de actuar sobre la realidad colectiva, consecuente a ideas o razonamientos, sino que —como hemos observado más nítidamente en la reciente crisis del PSOE, aunque en esto no tiene la exclusividad— todo queda en la epidermis, bien sea en demostraciones de simpatía, de irracionales adhesiones, gustos o afinidades. 

jueves, 15 de septiembre de 2016

La mujer en la Edad Media. A propósito del burkini


Quizás consideremos lejana la polémica surgida en las playas francesas sobre la legalidad o no de utilizar ese característico traje de baño de las mujeres musulmanas, pero cuando acontece ante tus ojos los hechos, las formas y las maneras sucedidos este verano en mi urbanización, es difícil quedarse indiferente. Lleva unos años ocurriendo, pero no lo había visto hasta este verano, finalizado ya el mes de Ramadán. Una familia árabe, que por sus signos externos debe ser acomodada, disfruta habitualmente de la piscina ofreciendo siempre la misma estampa: el marido y los tres niños en bañador pasan la mayor parte del tiempo dentro del agua, nadando, saltando y brincando, mientras que la mujer, de poco más de cuarenta años, permanece fuera del agua, sentada en el filo de una tumbona, completamente vestida y sin el menor atisbo de relajación, dejando al sol únicamente su cara, sus manos y sus pies.
Pero aquella mañana, para mi sorpresa y mientras observo el vivo contraste existente entre el pleno regocijo del padre y los niños —explicitado en continuos gritos de júbilo— con la inexpresiva fijeza de la mirada de la madre, veo que esta se levanta sigilosa, se dirige hacia las escalerillas y se mete en el agua sin hacer ruido, para quedarse quieta en un rincón, sumergida hasta el cuello, sin apenas mover los pies o los brazos. Nadie de los que presenciamos la escena, nacionales o extranjeros, dijo nada; pero todos los que estaban en el agua comenzaron a salirse como si se hubieran puesto de acuerdo, dejando solos en la piscina a la familia musulmana. Al poco tiempo, no sé si por el cansancio de los niños o por percibir la violenta soledad —lo que es más improbable—, se salieron todos, dirigiéndose el padre y los niños a las tumbonas, a la vez que la madre, con la ropa empapada, se sentaba acurrucada y aterida en unas escaleras al sol, alejada de la zona de hamacas  y con la vista inalterablemente puesta en su prole. Al momento apareció por allí otra mujer de más edad, rigurosamente ataviada con sus típicas ropas talares —el niqab— llevando en una bandeja el refrigerio para los niños y el padre, ante la silenciosa indolencia de la joven y ensopada esposa.
Sin entrar en el debate sobre el derecho a estos usos, entre otras cosas por las dificultades de interpretación de las costumbres islámicas desde las categorías occidentales, no cabe duda de que la escena presenciada es la viva imagen de la sumisión y la desigualdad de la mujer en pleno siglo XXI, por mucho que se apele a la supuesta “libertad de elección” o se quiera justificar incluso con tratados de ontología islámica. Es —desde nuestra óptica— como si hubiéramos realizado un flash-back y volviéramos a la Edad Media donde la mujer, tanto en la cultura musulmana como judía o cristiana, vivió de manera absolutamente subordinada al hombre.
Puede que parezca excesivamente sensibilizado con el tema, pero no más allá del que pueda tener cualquier observador imparcial acerca del papel de la mujer en nuestro proceso histórico. La desenfocada imagen de la mujer, su marginación real e incluso el olvido de su experiencia y participación en la historia, indigna la más recia sensibilidad y de ahí que, aunque sea en mis obras de ficción literaria de carácter histórico, procure siempre poner mi granito de arena en esa necesaria tarea de redimir a la mujer de ese manto de silencio con el que las ha cubierto la misma historiografía.

Esa es la causa de que en mi novela El tesorero de la catedral anime a Beatriz —la novia del protagonista— a prepararse y optar a las pruebas pertinente para ejercer con pleno derecho el oficio de especiero, que tuviera su padre. Ante los recelos de la joven, que teme no ser admitida al examen, Diego Rivera le infunde esperanzas confiado en el bachiller Ferrand Pérez de Oliva, padre del conocido humanista renacentista, del que dice que «es también alcalde de los físicos, cirujanos, boticarios, especieros y herbolarios, y ese sí es un hombre abierto, que no se rige por costumbres sino por la razón... Seguro que apoyará tu admisión»
Indudablemente, para atenerme al mínimo rigor histórico, a la Beatriz literaria le fue denegada su admisión y la posibilidad de continuar ejerciendo la profesión de su padre pues, a pesar de la existencia de una corriente medieval profeminista —que personalizo en el bachiller Pérez de Oliva—, siempre prevaleció el pensamiento más universal de la inferioridad de la mujer, y que están en la raíz de sus condiciones de opresión, subordinación o sumisión, cuando no de claudicación. Los controvertidos conceptos acuñados por clérigos y monjes —tributarios de las ideas de los Padres de la Iglesia y de la filosofía clásica—, reproducidos grotescamente por la burguesía ciudadana emergente en trovas y cuentos picarescos, constituyeron el germen de la negativa idea medieval de la mujer  que determinó en gran medida su realidad social de sumisión al hombre. Alonso de Palencia, extraordinario cronista real, excelso lingüista y uno de los personajes centrales de mi novela La Salamandra púrpura, es representativo de ese hombre culto e influyente de su tiempo —el final de la Edad Media— que no supera, sin embargo, su irredenta misoginia. Esta “cualidad”, evidente en sus crónicas y tratados, condicionará incluso sus posiciones políticas hasta el extremo de apostar por Fernando de Aragón como esposo de Isabel, especialmente porque desconfiaba de la capacidad de  una mujer para gobernar. Aquí les dejo un pasaje de esta obra inédita referido al momento en el que se descubre la personalidad de Isabel de Bobadilla, la fiel dama de Isabel y otro de los amores de Alonso de Fonseca, donde de alguna manera reflejo la controversia latente en aquella época sobre  el género femenino:

sábado, 13 de agosto de 2016

El espíritu fundacional de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena, una lección para nuestro tiempo




Ver a un pueblo empeñado en conocer y reivindicar sus propios orígenes es, al menos para mí, especialmente edificante. Debo confesar que me embargó la emoción la primera vez que vi representada la obra “Fuente Ovejuna” por los propios vecinos de ese vetusto pueblo del valle del Guadiato, cuya gesta histórica, mitificada por la pluma del Fenix de los Ingenios, convirtió su mismo nombre en símbolo de la unión popular y la rebelión contra la injusticia. Una emoción, estimulada en lo personal por ser natural de Peñarroya, localidad colindante que tiene sus orígenes precisamente en la diáspora que provocaron los abusos del comendador de Calatrava. Y experimento ese mismo sentimiento cada vez que La Carlota celebra anualmente la promulgación del Fuero de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía, ocurrida en julio de 1767 y que, a la postre, supuso el principio de su fundación. Jóvenes, niños y mayores, ataviados a la antigua usanza, intentan revivir aquellos tiempos en los que colonos procedentes de Centroeuropea crearon esa comunidad en medio del Desierto de la Parrilla, en el camino entre Córdoba y Sevilla.

Un mercado colono y diversas actividades lúdicas otorgan durante tres días a ese pueblo, al que he estado vinculado muchos años, un colorido y una vitalidad singular en ese ánimo colectivo por recordar y valorar su propia cultura. Este año, además, ha comenzado la cuenta atrás hacia la conmemoración del 250 Aniversario de la Promulgación de dicho Fuero, que se cumple en el 2017 y para lo que se anuncia un denso programa de actos a desarrollar en todas las provincias —Ciudad Real, Jaén, Córdoba, Sevilla y Cádiz— en las que tuvieron lugar asentamientos colonos durante la época carolina. En las declaraciones de políticos y responsables de las comisiones y fundaciones creadas al efecto sobresalen las proclamas acerca de los objetivos culturales, económicos y turísticos que persiguen con esta conmemoración, que sintetizan en la oportunidad de “poner en valor” —horrorosa expresión que ha hecho fortuna entre el paisanaje político— estas poblaciones. Sin embargo, en estos manifiestos brilla por su ausencia la ponderación de la fuerza del mensaje que contenía y contiene el espíritu que alentó aquella aventura humana: el proyecto ilustrado de crear un nuevo mundo, sin las ataduras y determinismos del pasado.

sábado, 2 de julio de 2016

El Bosco y Alonso de Fonseca. La obsesión medieval por el mundo apocalíptico




El Bosco. Detalle de El jardín de las Delicias

La pasada semana tuve la gozosa oportunidad de visitar la extraordinaria exposición monográfica sobre el Bosco que, con motivo del V Centenario de su muerte, ha organizado el Museo del Prado. Siempre me ha cautivado la enigmática pintura del genial artista flamenco, más aún desde que fuera alumno del profesor Santiago Sebastián quien, siguiendo la estela de los estudios de Erwin Panofsky, nos enseñó a ver la obra de arte más allá de las formas, adentrándonos igualmente en el mundo de las significaciones. Porque no cabe duda de que su obra es el mejor campo de pruebas para todo aquel que quiera ejercitarse en la búsqueda de lo simbólico en el arte, en el descubrimiento de las conexiones históricas, literarias, religiosas o de pensamiento que explican su misma construcción. Y esta es, como se ha dicho, una ocasión irrepetible para sumergirse en ese espectacular imaginario de uno de los pintores más fascinantes de toda la historia del arte universal.

La oportunidad y la importancia de la muestra explican la desbordante expectación suscitada y la masiva respuesta del público, lo que, por paradójico que resulte, empañan la excelencia que pudiera alcanzar la visita a esta exposición. Porque el silencio es el lugar más propicio para los enigmas, para dejarte atrapar por ellos, y es imposible que esto surja en medio de la multitud. A pesar de la dispuesta limitación de aforo, los vigilantes no daban abasto a implorar un silencio inviable ante el delirante asombro colectivo que provoca la observación de las obras de Jheronimus Bosch.

No obstante, y a pesar de sufrir algún que otro codazo, siempre es un placer contemplar de cerca ese abigarrado y refulgente mundo expuesto por nuestro autor, cargado de fantasía y simbolismo, rayando en la extravagancia onírica e inquietante en su profusión de iconografía demoniaca. La presencia de la astrología, el folklore, la brujería o la alquimia en los temas morales o religiosos es de tal riqueza y originalidad que puede producir desasosiego cualquier intento de ligera interpretación. No me extraña que Felipe II tuviera pesadillas ante El Jardín de las Delicias, ni que volviera a ver el misterioso perro que aún alimenta la leyenda del monasterio de San Lorenzo de El Escorial, pues sus seres fabulosos y monstruosos aún sorprenden incluso a los vacunados por el surrealismo del siglo XX.

Pero existe una motivación personal más en mi interés relacionada con esa patética imagen del hombre medieval que subyace en su obra y que él elevó al transmutarla en arte. Como historiador y novelista no tengo más remedio que rendir un homenaje permanente a quien de manera tan sugerente nos informa sobre la vida y el pensamiento de los hombres de su tiempo, atrapados en ese determinismo profético y apocalíptico, que les promete la liberación tras el sufrimiento y la catástrofe en la que viven. Como ocurría en Castilla y los reinos hispanos durante la Edad Media, Europa está presa de una obsesiva preocupación por el fin de los tiempos, que creían próximo ante tanta desolación provocada por guerras, epidemias, hambre y toda suerte de opresión.

jueves, 26 de mayo de 2016

¿En qué momento se había jodido Andalucía?






 

Sé, ciertamente, que la pregunta no es muy original; pero no puedo evitarla mientras disfruto hojeando la preciosa joya bibliográfica que tengo entre manos: El nuevo Atlas Universal abreviado o nuevo compendio de lo más curioso de la Geografía Universal, Política, y Histórica, según el presente estado del Mundo…, que Francisco Giustiniani publicó en 1755, como reedición y actualización del editado en 1739. Sentir bajo tus manos la piel momificada de su encuadernación, percibir ese aroma almizcleño, evanescente de siglos, cuando lo abres, oír su queja cuando pasas sus páginas…; todo es un placer para los sentidos la lectura de un libro antiguo. Te puede sorprender el nivel de conocimientos de aquella época, al igual que te provoca una sonrisa la ingenuidad de algunas observaciones, o te conduce al escepticismo en determinados terrenos, como cuando enfático pone en boca de Carlos V aquello de “para hablar con Dios hay que hacerlo en español”, o puede abocarte a la añoranza, como fue mi caso al leer la opinión que le merece nuestra región, hegemónica entonces: “La Andaluzía tenía en tiempo pasado el título de Reyno, es una de las más fértiles Provincias de España, se crece en ella bastante trigo, y una cantidad de excelentes frutos, y los más suaves azeites, los mejores vinos, y los más hermosos caballos del Reyno”, dice de entrada y antes de pormenorizar en la descripción de los distintos territorios de nuestra Comunidad, en los que incide en esa supremacía. Y no puedo impedir que me sienta como Santiago Zavala, el protagonista de la novela de Vargas Llosa, al contemplar la realidad actual, sumida aún en la postración —jodida, en expresión llosiana—, de la que no acabamos de salir. Porque no hacen falta muchos datos para avalar este aserto. Basta mirar sin pasión —amor, en la novela— hacia esa gran avenida que es Andalucía y veremos esos edificios sociales desiguales y descoloridos, los esqueletos infinitos de la cola del paro flotando en la neblina, y percibiremos ese mediodía gris de tanta desesperanza. Nuestro interrogante nace, pues, del desconcierto y el pesimismo que genera la incomprensión de nuestra realidad, cuando no hace tanto “fuimos los primeros en todo y a lo largo de la historia —como recientemente dijo mi profesor Cuenca Toribio— bajamos desde la pirámide hasta la base”.

martes, 3 de mayo de 2016

La Córdoba tolerante, o la revisión del mito





El tópico acerca del tema de las tres culturas y de la tolerancia sigue estando de permanente actualidad a pesar de su dimensión popular, adquirida hace ya un tiempo. Pero quizás no esté de más revisar el fenómeno de los tópicos porque —como decía Unamuno—, es la mejor manera de eludir su maleficio. De ahí que no venga mal, aunque sea tarde, el reciente congreso organizado por la Universidad de Córdoba bajo el tema “Córdoba, ciudad de encuentro y diálogo”, pues, aunque en principio nos pudiera parecer que el congreso refuerza la imagen icónica de la ciudad, sus resultados científicos tienden a poner la cosas en su sitio. Y me quejo de la tardanza porque, ciertamente, la comunidad científica, y especialmente la Universidad cordobesa, ha mirado con frecuencia para otro lado siempre que arreciaban los vientos apologistas de la cultura islámica en su tarea de mistificación de al-Andalus.

Los años 80 fueron fecundos en esta tarea constructora. Con motivo del XII Centenario de la Mezquita de Córdoba (1985-86) se proclamó hasta la saciedad el mensaje de la tolerancia de la Córdoba musulmana, convirtiéndose la ciudad —por esos méritos históricos que se le atribuyen— en símbolo indiscutible de entendimiento y diálogo interreligioso. Nadie le discutió el título, ni en las aulas ni en los medios de comunicación, y el mito fue creciendo de manera inconmensurable. Fiel exponente de esta corriente sería la celebración del Encuentro Internacional Abrahámico, en 1987, bajo los auspicios del Ayuntamiento comunista y dirigido por el filósofo francés Roger Garaudy, convertido al islamismo, quien proclamaba que Córdoba debía “volver a ser el punto de concentración permanente de las tres familias espirituales de tradición abrahámica: judía, cristiana y musulmana”. Y, en este contexto, no puedo dejar de evocar mi intervención de entonces como espontáneo, aunque fuera a la fuerza.

martes, 29 de marzo de 2016

La Izquierda, la Iglesia y la Corona, unidas en la ambigüedad sobre la Fiesta de los Toros


Corrida de Toros 1934. Oleo de Pablo Picasso (Col.Washington)


Con el comienzo de la temporada taurina vuelve a renacer la controversia entre los taurinos y antitaurinos, sobre la conveniencia de prohibirlas o, por el contrario, apoyarlas. Y, en consecuencia, surgen de nuevo las manifestaciones de uno y otro signo en medio de una incomprensible confusión. Para algunos pudiera parecer que esto es propio de la modernidad, de la incongruencia o anacronismo de una fiesta con animales a estas alturas, bien entrados ya en el siglo XXI. Pero este fenómeno ha sido una constante en la historia, encontrándonos además en ella la paradoja de la unión en la ambigüedad sobre la Fiesta de los Toros a la Iglesia, la Izquierda ideológica y la misma monarquía española. Aunque hoy, quien más ruido y significación provoca en este tema son los partidos políticos denominados progresistas, como gráficamente recogió el País —nada sospechoso, por tanto— en su artículo del 31 de julio del pasado año, que tituló “La izquierda entra como un miura en la fiesta de los toros”, en referencia a la pretensión de “cortar la coleta a la tradición taurina” de los grupos de izquierda que se incorporaron a los municipios tras las últimas elecciones. Sin embargo, el mismo articulista, destaca la multitud de incoherencias ideológicas y ambigüedades de los partidos, según estén en una comunidad favorable a la fiesta o no, llegándose a preguntar por el motivo real de esta moda de la izquierda política.

Pero como digo, las diatribas y ambigüedades han perseguido a la fiesta desde sus propios inicios, pues ya en el siglo XIII —fue en la Edad Media donde se empieza a generalizar las fiestas con toros—, en las Partidas de Alfonso X se asoman ciertas limitaciones, especialmente para el clero al que se le prohibe su asistencia por no ser esos espectáculos acordes con su estado. Poco caso le hicieron los curas al rey Sabio, pues no hubo corrida en pueblos y ciudades sin la asistencia de los curas, prelados y hasta cabildos en pleno, como en Sevilla donde no empezaban las corridas de la mañana hasta que el Cabildo de la Catedral no terminaba el coro. Tendría que llegar la Bula "De Salute Gregis" de San Pío V, promulgada el 1 de noviembre de 1567, para que la cosa se pusiera un poco más seria, pues, entre otras cosas, decía que “Considerando Nos despacio lo muy opuesto de tales exhibiciones a la piedad y caridad cristianas, y deseando que estos espectáculos tan torpes y cruentos, más de demonios que de hombres, queden abolidos en los pueblos cristianos, prohibimos bajo pena de excomunión, "ipso facto incurrenda", a todos sus partícipes, cualquiera que sea su dignidad, lo mismo eclesiástica que laical, regia o imperial el que permitan estas fiestas de toros. Si alguno muriera en el coso, quede sin sepultura eclesiástica. También prohibimos a los clérigos, tanto seculares como regulares, bajo pena de excomunión, el que presencien tales espectáculos. Anulamos todas las obligaciones, juramentos y votos de correr toros, hechos en honor de los santos o de determinadas festividades…”.

La excomunión la levantaría su sucesor Gregorio XIII en 1575, con la bula Exponis nobis, pero dejando ésta exclusivamente para los clérigos que asistieran a las corridas de toros. Sixto V vuelve a poner en vigor la bula de Pío V, siendo Clemente VIII, en 1596, quien mediante la bula Suscepti numeris indulta de condenas y anatemas a los participantes de las corridas de toros. La rebeldía y la polémica, sin embargo, fue una constante entre teólogos y moralistas, destacándose en tiempos de Felipe II Fray Antonio de Córdoba, fiel defensor de los toros, como también la prestigiosa escuela salmanticense, lo que provoca que a finales del siglo XVII, Inocencio XI recordara las prohibiciones papales. Como reflejo de esta extravagancia, nos encontramos con la celebración de la canonización de Santo Tomás de Villanueva (1658) con varias corridas de toros cuando durante su vida (1486-1555) fue un furibundo detractor de las corridas, como nos cuenta Juan Manuel Albendea, quedando como baldón este truculento anatema: “…¿Quién tolerará esta bestial y diabólica usanza?… no sólo pecáis mortalmente, sino que sois homicidas y deudores delante de Dios en el día del juicio de tanta sangre violentamente vertida”.

domingo, 6 de marzo de 2016

Nuestros Refugiados. El drama de 1939


Soldados cruzando los Pirineos


No cabe duda de que el tema de los refugiados es una dramática realidad cuya dimensión golpea tenaz e inexorablemente el muro de la cultura actual de la indiferencia. El solidario enunciado de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en su artículo 14.1, que proclama que “en caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país”, ha quedado en eso, en mero enunciado. La Convención de las Naciones Unidas sobre el Estatuto de los Refugiados, del 28 de julio de 1951, marcó un hito en la elaboración de las normas relativas al trato debido a los refugiados, definiendo los conceptos fundamentales del régimen de protección de los mismos, afrontando las consecuencias de la II Guerra Mundial en Europa, y expresando la firme voluntad de la comunidad mundial de velar por la persecución y la desolación de los años de guerra. Quedan muy lejos esos orígenes humanitarios y el problema de los refugiados ha ido creciendo de manera exponencial, alcanzando tal dimensión que supera la capacidad de los Estados para afrontar la situación. La mayoría de nosotros vemos, desde el confort de nuestro salón, las escenas de horror, de sufrimiento y de muerte de tantas personas —niños, jóvenes y ancianos— que huyen aterrados, dejándolo todo atrás en una lucha tenaz por la supervivencia, encontrando generalmente el rechazo y la hostilidad de los países que consideraban su tabla de salvación. Algunos, sin embargo, han reaccionado con gestos de heroísmo solidario, alistándose como voluntarios en aquellas fronteras donde el drama humano es dantesco. Otros, se deciden a colaborar en los movimientos de acción humanitaria que surgen por doquier. Pero la inmensa mayoría nos contentamos con horrorizarnos, para a continuación y rápidamente justificar con la impotencia esa molesta interpelación ética que la situación nos provoca.

La lejanía relaja siempre todo tipo de compromiso; pero en este caso nos olvidamos de que no está tan lejos el problema, pues las riberas del Mediterráneo casi se tocan por algunos lados y, sobre todo, se olvida o se desconoce que nosotros, los españoles, también padecimos la crueldad del éxodo masivo, de la fuga forzada en busca de refugio, tras la caída de Barcelona en el invierno de 1939. Por todo ello, en estos momentos en los que día a día nos asaltan las imágenes de esa lucha por la supervivencia, bien en las peligrosas travesías, bien en los inmundos campos fronterizos, recuerdo con viveza los relatos de mi suegro, Santiago Álvarez de Sotomayor Gámiz, que padeció aquella infausta desventura.

sábado, 6 de febrero de 2016

1468. El Carnaval de Fonseca y la reina Juana en Alaejos


Como ya hiciera en Navidad, les hago partícipes de un pasaje de mi novela inédita La Salamandra Púrpura, en el que el protagonista Alonso de Fonseca pasa el Carnaval de 1468 en su castillo de Alaejos, donde tiene «custodiada» a la reina Juana de Portugal, esposa de Enrique IV. Que Fonseca pasó ese año las fiestas de Carnaval con la reina en su castillo es una realidad histórica, constatada documentalmente. El cómo las pasó ya pertenece a la ficción literaria, aunque les advierto que no he forzado demasiado la imaginación, dada la conocida «devoción» del arzobispo por la reina y la frivolidad de ésta. Dice así:
 
Testimonio gráfico del castillo de Alaejos, del que no quedan restos en la actualidad

«… los buenos oficios de Fonseca siguieron conquistando lealtades en nombre de ciudades y títulos; la palabra guerra comenzó a perder valor y en el seno de las Hermandades de las grandes ciudades rebrotó el fervor monárquico a favor del rey Enrique. Ante este panorama más halagüeño, el rey decidió pasar las fiestas de Carnaval, a celebrar entre el 28 de febrero y el 2 de marzo, en Guadalupe, mientras que Fonseca, obsesionado y aduciendo su responsabilidad como custodio, prefirió dar una vuelta de nuevo por Alaejos y comprobar por él mismo el estado de ánimo de la reina Juana.

Su obcecación por la reina era tan evidente que se convirtió en motivo de chanza entre los nobles, e incluso el propio rey hacía comentarios jocosos que sacaban de quicio a Fonseca: «¡jamás vi un carcelero con tanto ardor por vigilar a su presa!», le comentó entre risas al comunicarle que no le acompañaba a Guadalupe. Sus más leales colaboradores se atrevían a pedirle templanza, rebatiendo siempre Fonseca con crudeza sus bien intencionados comentarios. Alfonso de Herrera incluso le trasladó la crítica oída a unos aldeanos que no comprendían cómo un prelado corría tras las faldas de la reina, estando éste además de luto. «Por eso la alejé de Coca, que es donde está más presente el duelo por mi hermano», alegó inconsecuente; llegando a tonos mayores en las discusiones con Zenón. Un día, próximos ya a la cárcel fortaleza y a falta de justificaciones, Fonseca ponderaba su admiración por la belleza como la causa de muchas de sus incomprensibles actuaciones. Discurría con sofismas y sutilezas filosóficas acerca de su percepción de la belleza, inseparable del riesgo, cuando le interrumpió Zenón bruscamente:
—¡Acuérdese excelencia del mito de Ícaro!
—¡Últimamente has dejado de mirar a tus céfiros, y sólo recurres a los dioses paganos! ¡Sí, yo también he leído a Ovidio y te digo que Ícaro fue un inconsciente, al no darse cuenta que el sol derretía la cera con la que iban unidas las plumas de sus alas! ¡¿Qué tiene que ver eso conmigo, maldito brujo?!
—Sólo le digo, excelencia, que el muchacho cretense pagó con su muerte la osadía de querer acercarse al sol, y son muchos los hombres que en su afán de hacer suya la belleza inalcanzable repiten su amargo destino.
Juana de Portugal

martes, 26 de enero de 2016

"Espectros en Trassierra" en el programa de TV "Córdoba Misteriosa"


La semana pasada participé complacido en el programa televisivo “Córdoba Misteriosa”, que dirige y presenta José Manuel Morales, colaborador del programa Cuarto Milenio, de Iker Jiménez en Cuatro TV, entre otras muchas actividades que entusiásticamente promueve. Y digo que participé encantado tanto por la dignidad del programa como por el hecho de que mi novela haya despertado interés en el ámbito de lo paranormal, ponderando algunos especialistas en el tema el hecho de que en siglos pretéritos hubiera manifestaciones espectrales de características parecidas a las que hoy se registran en distintos lugares. Sin embargo, este hecho de la historicidad de lo que pudiéramos catalogar como “prodigios” no llama tanto la atención del estudioso de la historia de Córdoba, pues, desde siempre, cronistas e historiadores han consignado ingentes fenómenos extraordinarios en nuestra tierra, si bien en la mayoría de los casos basados en leyendas y no en testimonios, como es nuestro caso. Ejemplo de ello es la frecuencia con la que Ramírez de Arellano, en sus Paseos por Córdoba, relata todo tipo de sucesos prodigiosos ocurridos en las casas y barrios de Córdoba, al igual que la difusión y el conocimiento que hoy tenemos del manuscrito anónimo del siglo XVII, rescatado por Menéndez Pelayo y la Sociedad de Bibliófilos Españoles a mediados del siglo XX, sucediéndose desde entonces las ediciones bajo distintos títulos, siendo el más conocido el de Casos Notables de la Ciudad de Córdoba. 



Aunque el origen de mi novela fue el descubrimiento del legajo en el que numerosos testigos hablan de “casos prodigiosos” que suceden en las ruinas de un convento abandonado en la sierra de Córdoba, debo confesar que no me propuse nunca entrar en el análisis o la investigación acerca de la “verdad” o naturaleza de estos hechos, admitiendo sin embargo la sinceridad de los testigos. Ellos están seguros de lo que vieron y oyeron, y así lo declaran abiertamente jugándose el tipo pues en esos momentos, en pleno siglo XVII, cualquier atisbo de heterodoxia corría el riesgo de tener que enfrentarse al escabroso Tribunal de la Inquisición. Los “prodigios” me sirvieron de coartada perfecta para dar vida en la novela a aquellos acontecimientos que ocurrieron en unos tiempos en los que convivieron la extravagancia, el desorden y la inmoralidad, el hambre y la miseria, los crímenes inconcebibles y la milagrería más disparatada. Pero construyo mi obra en torno, esencialmente, al empeño de un hombre por llevar a término, frente a todo tipo de adversidad —de orden interno y externo—, su objetivo, su ideal de vida, organizado y desarrollado a la manera clásica en una especie de secuencia caminante, que va desde el punto de partida a una aparente llegada, frustrada a la postre por la adulteración de ese ideal. Por lo demás, como digo quizás abusando de la imagen literaria, en la novela dejo actuar libremente a los protagonistas para que sean los lectores los que dicten sentencia.

martes, 5 de enero de 2016

Los Incendios del Norte en Invierno y la Ecología Medieval Cordobesa



La dantesca e incomprensible actualidad de los incendios invernales, que estas navidades han arrasado miles de hectáreas de bosque en Asturias y Cantabria, estuvo presente en nuestra tertulia de la Taberna de San Bernabé, en Marbella. Y en este tema, lógicamente, fue autoridad nuestro amigo José Luis, el “Guaje” de la reunión, quien nos hizo la observación de que los políticos y legisladores nunca se habían atrevido a señalar nítidamente a los ganaderos como principales instigadores de este atentado contra la naturaleza, cuando en su tierra “todo el mundo lo sabe”. Posteriormente, conocería la denuncia de la Fundación Naturaleza y Hombre que corroboraba el aserto del “Guaje”, pues ponía el dedo en la llaga al denunciar abiertamente que estos incendios tienen “un origen mayoritariamente ganadero, pues para la obtención de pastos tiernos, cada año se recurre a esta técnica insostenible de quemar de forma incontrolada los montes, con una práctica ya asumida como tradicional, pero completamente insostenible e ilegal". Yo, en aquellos momentos de nuestra reunión, hablando de memoria, le dije a José Luis que las ordenanzas medievales de Córdoba ya tuvieron en cuenta ese matiz, prohibiendo que el ganado entrase en las zonas de la sierra que habían sufrido un incendio, sin duda como medida preventiva y disuasoria, lo que aproveché para ponderar la precursora sensibilidad ecologista de mi tierra ya desde los oscuros de la Edad Media.

Con más detenimiento, volví al texto de las Ordenanzas del Concejo de Córdoba de 1435, en la edición que publicó Manuel González Jiménez en 1975, y refrescar aquellas disposiciones que, en su momento, me hicieron dudar de la contundente aseveración que hiciera Jacques Le Goff, para quien las gentes de la Edad Media llevaron a cabo una “cruel explotación” del “generoso bosque”. Porque, efectivamente, el bosque —la sierra o bosque mediterráneo, en el caso cordobés y andaluz— se aprovechaba intensivamente porque era una fuente extraordinaria de recursos imprescindibles para la vida de entonces (caza, frutos, miel, pastos, madera, leña, carbón, cenizas, etc.); pero por eso mismo era fundamental su preservación. Y el grado de dependencia de Córdoba respecto a su medio natural más sobresaliente —de una belleza y feracidad desconocida para la mayoría de los que nos visitan—, lo observamos en el altísimo nivel de dureza de las penas que imponen las ordenanzas contra los infractores, donde se incluye incluso la muerte. En la Hordenança de la corta e quema comienza diciendo «Que no se arriende la corte e quema. Lo primero, que la renta de la corta e quema que en ninguna manera no la arrienden, e sy aquellos que los ombres buenos pusyeren por guarda deste fecho e fallaren a alguno que quema en Pedroche, que lo puedan prender e trayan preso, e los alcaldes que lo penen e castiguen, segund el daño que fiziere, e avn que lo manden matar sy tanto e tal e tan malycioso fuere el daño que fiziere».