viernes, 31 de marzo de 2017

Editada «La Salamandra púrpura». Novela las venturas y desventuras de Alonso de Fonseca en la corte castellana del siglo XV



Génesis de la novela. La fascinación del encuentro.
Decía Borges que, “en la poesía, el punto de partida tiene que ser la emoción.” Y a mí me sucedió algo parecido en esta novela, al ser de alguna manera víctima de ese “resplandor intuitivo”, que dijera Maritain, cuando conocí al personaje principal. Fue hace ya un tiempo, colaborando en la redacción de la Gran Enciclopedia de Andalucía, cuando tuve mi primer encuentro con Alonso de Fonseca, descubriendo en él a una personalidad extraordinaria, original, fuera de lo común, y uno de los hombres más determinantes de Castilla en los reinados de Juan II y, especialmente, de Enrique IV.
            Sin embargo, y a pesar de ello, me sorprendió el escaso conocimiento que existe sobre este personaje que ha pasado a la historia únicamente por ser el causante del dicho popular «el que se va de Sevilla, pierde su silla». Y ni siquiera por eso, pues pocos son los que saben el origen del refrán. A nivel bibliográfico, únicamente el profesor Franco Silva le dedicó un artículo a raíz del hallazgo de su testamento en el archivo de la Casa Ducal de Alburquerque. Unas pocas páginas tan solo para la importancia de un hombre que —entre otras muchas de sus andanzas— tuvo la osadía de fundar una dinastía de arzobispos y que, en el colmo de la audacia, se permitió el lujo de cambiar episcopados como si fueran cromos.

       

    
Esta es la secuencia del primer episodio que conocí de él: el arzobispo de Santiago de Compostela muere envenenado. Fonseca consigue, en un alarde de influencia, que su joven sobrino de 20 años y de su mismo nombre, sea nombrado para ocupar la silla vacante. Este no puede tomar posesión, ni siquiera entrar en Santiago, porque la oligarquía nobiliaria local había nombrado por su cuenta a un Trastámara.  Entonces, nuestro protagonista cambia las sedes con su sobrino para poder así conquistar Santiago de Compostela. Levanta un poderoso ejército, pone sitio a la que era ciudad santa para la cristiandad, ataca y bombardea con lombardas sus murallas durante meses y la rinde después de incendiarla. Toma posesión entre lanzas ensangrentadas, pacifica con la espada la levantisca Tierra de Santiago —pues el arzobispo era también allí señor feudal— y, tras unos años, le ordena a su sobrino que le devuelva la sede de Sevilla y tome posesión de la sede gallega. Pero este le dice que no, que Sevilla es una maravilla —esto es mío— y no se mueve de ahí, por lo que nuestro personaje tiene que recurrir de nuevo a las armas para hacer entrar en razones a su joven e incauto sobrino.
            No pude resistirme a la curiosidad de intentar descubrir cómo era ese hombre; qué había detrás de toda esa exhibición de fuerza y poder. Y esa curiosidad se transformó en fascinación a medida que iba despejando el enigma de una personalidad insólita en medio de la turbulencia de aquellos tiempos medievales: de atractiva presencia, amante del lujo, de las joyas y la belleza. Bibliófilo y mecenas de humanistas —Nebrija encontró con él su primer empleo—, vestía a la morisca y gustaba de la compañía de alquimistas, hechiceros y adivinos. Curiosidad, sugestión o atracción a primera vista, aunque tal vez cayera en esa enfermedad inconsciente que nos hipnotiza, como es la fascinación del mal, que tanto juego ha dado y da en el arte y en la literatura.
            Sea como fuere, sin duda, esa fascinación actuó como brote creativo original y embrionario para emprender el camino de la creación de esta novela; una fascinación que me ha tenido atrapado durante unos años, y que aún continúa, pues quedan sombras por iluminar y quizás algún día vuelva para intentar alumbrarlas.

Una vida de novela.
Porque, efectivamente, la excéntrica trayectoria vital de Alonso de Fonseca es una auténtica vida de novela. Y no solo es novelesca por la multitud de episodios pintorescos, asombrosos e incluso surrealistas, dignos de enriquecer el contenido de la mejor de las creaciones literarias, sino que el mismo desarrollo, sus mismos ciclos de acontecimientos vitales, se adaptan perfectamente a la estructura narrativa.
Existe un objetivo claro y determinante que será el hilo conductor de toda una vida: la ambición por el poder. Todo, desde su primera juventud como doncel del príncipe Enrique, lo supedita y ordena a favor de ese bien individual y, para él, supremo que es detentar el poder, mantenerlo y acrecentarlo cada día. Todo lo somete a ese objetivo. La dignidad eclesiástica es un medio para llegar al poder; los acuerdos y alianzas con la nobleza están lógicamente determinados por ese objetivo, incluso la mujer, el amor, es utilizado como recurso o, en su defecto, como aditamento y adorno de ese poder. Así, por ejemplo, usa a doña Guiomar de Castro —la bella dama portuguesa— para tener controlado al rey y buena parte de su enfermiza obsesión por la reina Juana se basaba en su pretensión de mostrarla al mundo apoyada en su brazo, como el mayor signo de poder.


Castillo de Coca (Segovia), sede del señorío de Fonseca

Pero ese camino tiene muchos obstáculos, empezando por el propio suelo de arenas movedizas que era la corte castellana del siglo XV, donde un gesto equivocado, una palabra fuera de lugar o un mal cálculo en las previsiones de futuro se pagaba con la propia cabeza. Ya en tiempos de Juan II le vemos en el filo de la navaja como agente doble entre el condestable Álvaro de Luna y el príncipe Enrique, con el riesgo que ello representaba, los Mendozas le disputarán casi todo, empezando por la provisión de la sede sevillana; todos los advenedizos en el entorno del rey desconfiarán de él, celosos de su influencia, hasta que consiguen enemistarlo con el monarca. Este llegó a ordenar que le cortasen la cabeza, teniendo que refugiarse en Béjar, con los Zúñigas, mientras las tropas reales ponían sitio a sus castillos de Coca (Segovia) y de Alaejos (Valladolid). El rey lo denuncia a Roma, acusándole poco menos que de hereje; cuando de nuevo vuelve a la cúspide, la guerra civil le obliga a tirar una moneda al aire con la incertidumbre como futuro, teniendo siempre que enfrentarse a grandes decisiones e incluso a peligros físicos como cuando, con el rey Enrique presente, un grupo de nobles le tienden una emboscada en el alcázar de Segovia con la intención de matarlo.

Mausoleo de Alonso de Fonseca. Iglesia de Sta. María, en Coca (Segovia)
Y como en todo relato clásico, en esa azarosa vida en pos del éxito, existen aliados y antagonistas, personajes que le ayudan a conseguir su meta y otros que lo ponen a prueba. Carrillo y Velasco serían algunos de sus antagonistas y Álvaro de Zúñiga o doña Guiomar, sus fieles aliados. Necesitaría una larga y extensa enumeración, pero no puedo dejar de señalar la singularidad de que los aliados y los antagonistas son, en muchas ocasiones, los mismos. El rey Enrique, por ejemplo, desde que fuera príncipe, fue su principal valedor; sin embargo, ya hemos visto cómo, influenciado por sus enemigos, llega a condenarlo y denunciarlo a Roma. Alonso de Fonseca, a pesar de su afinidad, le devolverá el golpe, animando a los nobles a la rebelión contra el monarca. Y, en ese doble juego tan frecuente en la corte, el rey participará también en la emboscada del alcázar, pero lo salva a última hora, delatando las intenciones de los nobles que lo asistían y abriéndole la puerta al pasadizo que da acceso al fondo del barranco, en el río, por donde pudo escapar Fonseca.
Otra de las personas que le acompañan en esta vertiginosa carrera vital de ambición será Juan Pacheco, el marqués de Villena que fuera también doncel del príncipe. Estarán unidos en multitud de intrigas y maquinaciones en beneficio de ambos, pero los celos del marqués provocarán que Fonseca perdiese la presidencia del Consejo Real, incitando además al rey a condenarlo a muerte. Si bien, como hiciera el monarca en Segovia, le avisa para que pueda escapar de los soldados que van a detenerle.
Vista del castillo de Coca (Segovia)
La novela además, como su misma vida, está plagada de personajes secundarios que contribuyen u obstaculizan la acción de los personajes principales, contribuyendo cada uno a enriquecer el contenido de nuestro relato. Su hermano Fernando, brazo ejecutor de las estrategias que requerían la intervención armada y que muere defendiendo el pendón de los Fonseca en la batalla de Olmedo. Doña Guiomar de Castro, su confidente y cómplice sexual; la reina Juana, por la que siente una especial devoción, tan conocida en el reino que en los conflictos nobiliarios donde se pacta la entrega de rehenes como garantía, el rey siempre entrega la reina a Fonseca para que sea su custodio. El cronista Palencia, Herrera o su fiel Zenón el adivino —este en la ficción—, serán algunos de esos personajes sin los cuales la novela quedaría desangelada. 

Un título: el animal que mejor define al protagonista.
            Pero es que además, en este proceso de búsqueda documental con la que dar rienda suelta a mi fascinación, me encontré incluso con el título de la novela, pues es el cronista Palencia, antiguo colaborador, dice en más de una ocasión que Fonseca es como la salamandra «es una serpiente que vive en el fuego; dízese salamandra porque prevaleçe contra los fuegos, y sy sube en algund árbol empozoña todo el fructo», según cito en el frontispicio del libro. Y realmente es así, porque Fonseca, como hemos podido ver en algunos ejemplos, sobrevive a todos los peligros y, una vez que sale de ellos, realmente infecta o aniquila a sus enemigos.  Velasco, su sucesor en el Consejo de Castilla e instigador del momentáneo ostracismo de Fonseca, tuvo que pasar la vergüenza de pedirle perdón públicamente, vestido incluso de penitente. Y el rey, derrotado y abandonado en su lucha contra los partidarios de su hermano Alfonso, tuvo que arrastrarse, montando una torpe mula y casi sin escolta, hasta el castillo de Coca para pedirle consejo y apoyo. Por sobrevivir, sobrevivió hasta al escándalo que provocó la huida de la reina de su castillo de Alaejos, embarazada de mellizos —como luego se supo al dar a luz— cuando hacía más de un año que no veía al rey. Durante un tiempo y por toda Castilla, Fonseca fue el «fornicador de la reina», con lo que eso representaba en aquellos tiempos. Pero todas las culpas cayeron en la reina, que fue condenada al destierro, y Fonseca, por despecho hacia ella, exhibió entonces sus cartas secretas para considerar nulo el matrimonio real, con lo que la legitimidad en la sucesión pasaba a la infanta Isabel, en detrimento de la hija de la reina Juana.

Precursor de la ética maquiavélica.
            Porque en todo se conduce sin ningún tipo de limitación moral, siendo el objetivo y la meta que persigue lo único que le importa. Y en este sentido no es descabellado afirmar que Maquiavelo no inventó nada. No elaboró una teoría política original, únicamente estructuró en un tratado, en un manual, lo que ya era una práctica habitual en las cortes hispánicas, no siendo extraño que Maquiavelo pusiera como modelo de “Príncipe” a Fernando de Aragón, al que Fonseca no veía con buenos ojos, sin duda porque eran iguales.
            Fonseca desarrolla una ética propia de lo político que considera permisibles actos de engaño y crueldad, pues para él, el uso del mal no es sólo un hecho, ni sólo una necesidad de lo político, sino que es además recomendable para su buen funcionamiento.

Grabado de Alaejos (Valladolid) donde se aprecia el castillo de Fonseca
            Con estos principios y la superioridad intelectual que detenta por su formación, no sólo alcanza sus objetivos de poder personal, sino que se constituye en personaje imprescindible en casi todos los acontecimientos del reino. A él acuden los nobles tras dar la patada al muñeco que representaba al rey Enrique, en busca de consejo. En su castillo se buscan acuerdos para la paz o para el futuro casamiento de la infanta Isabel. A veces sus propuestas son disparatadas, como la división del reino entre los dos hermanos para solucionar la guerra civil o la opción de Pedro Girón, primero, o la francesa después —personificada en el contrahecho duque de Guyena—, para desposar a Isabel; pero siempre acudían a él, a su ingenio, a su audacia y a su originalidad, exhibida con la frecuencia que utilizaba la fiesta como elemento de superación de los conflictos.  

 No es una biografía al uso, ni una biografía novelada. Es una novela histórica.
            A pesar de lo que pudiera parecer a algunos, no hemos escrito una biografía al uso, ni una biografía novelada. Prefiero definirla como una novela histórica, pues hemos utilizado solo aquellos «Momentos del ser», como diría Virginia Woolf, aquellos hitos, en los cuales las voces del pasado hablan con especial elocuencia.
            Y como siempre hago en mis novelas, lo histórico —en el sentido de lo documentado—, es “verdadero”, “comprobable”, y lo no documentado, está dentro de lo “verosímil”, pues efectivamente pudo haber sido tal y como se cuenta. Es este el espacio para la “imaginación”, para dar voz al silencio, para dar vida a los personajes que se mueven por el escenario, haciéndoles sentir, padecer o emocionarse.
            Si acaso he forzado algo más la verdad histórica ha sido en la estructura, haciendo entrar en el castillo al cronista Palencia, cuando está Fonseca ya enfermo de muerte, para recibir el encargo de asumir el oficio de ser su «dispensator gloriae», su dispensador de gloria. Palencia, en la realidad histórica, ya recibió el encargo de defenderlo en Roma, después incluso de que sus vidas se hubieran separado; pero dudo que este último encargo se produjera en la realidad, aunque también es verosímil en un hombre que había saboreado todas las mieles del poder, aspirar a su propia trascendencia aquí en la tierra, aspirar a la gloria histórica y literaria.

            Pero no crean que mi fascinación por el personaje me ha llevado a colaborar en esa última misión propuesta al cronista —el de ser su dispensador de gloria—, sino que, por el contrario, creo que con mi novela lo he ayudado en su descenso a los infiernos.

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